Conflicto Rusia – Ucrania: Vladimir Putin y las mamushkas ideológicas

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Nuestros tuiteros y opinadores de todo signo están hechos estos días unos verdaderos artistas: han convertido el mapa de Ucrania en un enorme lienzo en blanco sobre el que volcar sus más profundas obsesiones. La culpa de la guerra la tienen las ambiciones imperialistas rusas, los nazis rusófobos de Ucrania, el expansionismo oriental atlantista, los intereses de Estados Unidos o las falsas promesas de la UE: cada uno habla de la feria según le va en ella. La realidad es tan poliédrica que se presta a las más diversas interpretaciones, si no a la ficción.

Todas esas interpretaciones tienen en común, sin embargo, que se mueven en marcos interpretativos del siglo XX. Regresan los miedos aparejados a conceptos y eslóganes que cada vez costaba más explicar a los jóvenes estudiantes: Guerra Fría, amenaza nuclear, Tercera Guerra Mundial o el No a la OTAN, bases fuera. Putin es un peligroso bolchevique o un fascista a la búsqueda de su lebensraum y sus Sudetes; igual que una muñeca, le cambias de vestido y la Barbie princesa se convierte en la Barbie aventurera. Pero probablemente se parezca más a una muñeca rusa: lo abres, y dentro encuentras otro Putin idéntico a sí mismo. Porque la invasión de Ucrania no es la batalla de Stalingrado.

Putin, un hijo de la Gran Guerra

No cabe duda de que el presidente de la Federación de Rusia, nacido en la extinta Unión Soviética, es en cierto modo hijo de aquella guerra, y de que comenzó su andadura trabajando para la KGB, institución fundamental de la Guerra Fría. No creo sin embargo que en los sótanos de la Lubianka se hablase mucho de la colectivización de los medios de producción o la sociedad sin clases. Su formación allí habría estado más relacionada con la razón de estado y una Realpolitik hobbesiana, donde lo político se entiende en términos de «amigo-enemigo» tal y como preconizaba el teórico nazi Carl Schmidtt. También la doctrina del «enemigo interior», con sus interrogatorios, torturas y desapariciones: las mismas enseñanzas que en la CIA y la Escuela de las Américas. Hasta ese punto se parecían ya entonces.

Más extraño puede resultar que Putin conservase su carnet comunista hasta 1995, mientras trabajaba en la alcaldía de San Petersburgo a las órdenes de Anatoli Sobchak, de adscripción independiente. Con la caída de su mentor, sin embargo, Putin pasó a la administración federal de Yeltsin, y su carrera allí fue tan meteórica como el continuo baile de nombres de partido: Nuestro Hogar-Rusia, Unidad, y finalmente Rusia Unida (surgido de la unificación de los partidos Unidad, Patria y Toda Rusia). Para que luego digamos que no nos lo venía advirtiendo.

El aparente cambio ideológico de Putin no fue una excepción: viendo tambalearse el poder central de Moscú, muchos miembros de la Nomenklatura del Partido volvieron cual hijos pródigos a sus terruños, se enrocaron allí en el poder cual reyezuelos de Taifa y al darle la vuelta a su chaqueta resultó que el forro lucía los enfervorecidos colores del nacionalismo y las nuevas banderas. Una evolución no tan sorprendente, en todo caso, en una Unión Soviética que demasiado pronto abandonó aquello de «¡proletarios del mundo, uníos!» (antes de Flora Tristán que de Marx y Engels) y encontró mejor aglutinante en la victoria sobre la Alemania nazi como mito fundacional que en la Revolución de Octubre.

Stalin y el imperio ruso

Tal fue el debate entre Stalin y su defensa de la revolución en un solo país frente al internacionalista Trotsky, que auguraba que limitándola solo a Rusia tendría por fuerza que convertirse, rodeado de enemigos, en un país autoritario y militarista. Y ya sabemos cómo acabó Trotsky, con un piolet en la cabeza, y cómo continuó Stalin: un georgiano que se afanó en rusificar la Unión, deportando a millones de minorías étnicas (cuando no acabando con ellas, como en el Holodomor ucraniano), de ingusetios a tártaros, para sustituirlos masivamente por población rusa. Porque la URSS, formalmente una federación, siempre funcionó, tal vez por inercias históricas, como metempsicosis del Imperio ruso. Si para Marx la Rusia de los zares era «una prisión de naciones», Stalin la convirtió en su cementerio.

El nacionalismo ruso viene de antiguo: nació entre las élites a finales del siglo XVIII, dividiéndose estas entre los que proponían continuar el ejemplo modernizador occidental y los que reivindicaban, desde el conservadurismo y el tradicionalismo, un espíritu diferenciado y primordialista. Tras las revueltas decembristas de 1825, el barón Uvárov, ministro de Educación, fijó las tres patas de la razón de existir de Rusia: la Iglesia Ortodoxa, la autocracia y el nacionalismo.

Juan Linz ya avisó de que las transiciones a la democracia se vuelven casi imposibles en lo que él denominó como «regímenes sultanísticos», un poder personal que funciona sobre las prebendas a los colaboradores y el miedo del resto de la ciudadanía. En ausencia de una sociedad civil articulada y dotada de memoria democrática, la URSS no cayó por hostilidades externas u oposiciones internas, sino que se desmanteló a sí misma víctima de esas fuerzas centrífugas. 

La revolución rusa no trajo la democracia, ni la trajo la cleptocracia de Yeltsin, que fue afianzándose en posiciones autoritarias hasta el punto de atacar a su propio Parlamento, con cientos de víctimas. Y ahora Putin no tiene reparos a la hora de rehabilitar la memoria del primer zar Iván el Terrible, que se inventó un linaje que entroncaba con los Césares, o un comunista como Stalin que promovió el culto a su personalidad: sus estatuas proliferan en la Gran Rusia del siglo XXI.

La democracia con adjetivos

Surkov, primer ministro y asesor del Presidente hasta hace apenas dos años, acuñó para esa nación rusa el concepto de «democracia soberana»: lo de poner adjetivos a la democracia ya sabemos que es como lo del «yo no soy racista, pero». En este caso, la democracia soberana consistiría en que la vida política de la sociedad, sus poderes, instituciones y acciones están al servicio y se dirigen por la «nación rusa», sujeto político por encima del ciudadano y que reclama, como si no tuviera bastante (es el país más grande del mundo), todo territorio en el que habiten rusos. Una democracia soberana que lleva ya más de 300 periodistas y opositores asesinados.

Cuando la URSS colapsó repentinamente para sorpresa de casi todos (lo decidieron unilateralmente los presidentes soviéticos de Rusia, Bielorrusia y Ucrania, cuenta la leyenda que de madrugada, tras unas cuantas botellas de vodka), los Think tank norteamericanos se pusieron con celeridad a tratar de desentrañar el sentido que podría adquirir el nuevo orden mundial por estrenar y cuáles serían los nuevos enemigos. 

Nos hemos reído mucho del «fin de la historia» de Fukuyama (aunque lo que el politólogo estadounidense desarrollaba en su tesis era el fin del proceso dialéctico de la historia), y hemos criticado hasta la saciedad el choque de civilizaciones de Huntington, que Zapatero trató de convertir, sin demasiado éxito, en la Alianza de civilizaciones.

De Fukuyama a Huntington

Huntington entendía una civilización como un grupo de países vinculados por la historia, la religión y la cultura. Si en el pasado las guerras habían sido llevadas a cabo por reyes, luego por naciones y finalmente por el conflicto entre ideologías, auguraba que las del siglo XXI tendrían por causa primera cuestiones culturales e identitarias. 

Más allá de la arbitrariedad de sus divisiones «civilizatorias» y lo errado de muchos de sus pronósticos (al minusvalorar las motivaciones económicas o el hecho de que, desde 1991, la gran mayoría de los conflictos han sido de orden intracivilizatorio), conviene recordar las líneas que dedicaba a Ucrania: país escindido entre la civilización occidental y la ortodoxa, la reconoció ya como una de las líneas de fractura en la que podrían emerger los mayores conflictos.

La propia Rusia ha sido civilizatoriamente oscilante, entre momentos de acercamiento a Occidente y de repliegue nacionalista. Una civilización implica un sistema de valores propios, donde ideas como la de la democracia, la libertad e igualdad o los derechos humanos no tienen por qué tener mayor poder de atracción que los del respeto a la tradición y a la autoridad, o la profesión de fe religiosa. 

El hipercapitalismo no trajo la democracia a China, y no lo ha hecho tampoco en Rusia. Frente al liberalismo occidental, sus derechos humanos y su individualismo, controvertidos ideólogos próximos al Kremlin como Aleksandr Duguin reclaman un Estado fuerte, orden y familia, valores positivos, el refuerzo de la religión y la Iglesia en la sociedad, medios de comunicación patrióticos que expresen los intereses nacionales. Si Putin pretende desnazificar Ucrania, tal vez debería empezar por los grupos neonazis que campan a sus anchas en la nueva Rusia.

Pasado y futuro

Vladimir Putin presentó esta guerra el pasado 24 de febrero como «una cuestión de vida o muerte, una cuestión de nuestro futuro histórico como pueblo». Lo del «futuro histórico» es uno de los más inquietantes oxímoron que me he encontrado últimamente, pero me recuerda que también es la extraña y fascinante sensación que extraje de mi viaje a Moscú hace unos años: una ciudad grandiosa, llena de historia, de contrastes y de locos (un poco como Jerusalén). 

En un lateral de la magnífica Biblioteca Estatal conocida aún con el orgulloso nombre de Leniniana y presidida por una estatua de Dostoyevsky (la tercera biblioteca más grande del mundo), había una lujosa tienda de modas en un edificio presidido aún en su fachada por la hoz y el martillo. En el escaparate, un chándal: un chándal hortera de lentejuelas doradas, con la inscripción CCCP bordado en la pechera y, más grande aún, ocupando toda la espalda. Hice el cálculo y, al cambio, el chándal costaba unos 2.000 euros. La Unión Soviética reducida a eso, un carísimo icono pop, un fetiche provocador o para nostálgicos de glorias pasadas.

Del otro lado del escaparate, los mismos de siempre: los siervos de la gleba, ancianas encorvadas con un cubrepolvo gris y un pañuelo en la cabeza, marcadas por la resignación de siglos, cuyo hambre y frío intentan los poderes mitigar con trapos de banderas (receta que la historia ha demostrado infalible, por inexplicable que resulte). «En tiempos de la Unión Soviética, un sueldo de médica o profesor alcanzaba para comprar vodka y embutidos, pero las tiendas estaban vacías. Los supermercados de ahora están repletos de variedades y marcas, pero el sueldo ya no llega para comprar nada», es uno de los testimonios que recogía Svetlana Alexievich en su Homo sovieticus. Y Occidente miró para otro lado, porque al fin y al cabo, Putin era un buen socio para los negocios.

* Profesora de Historia del pensamiento político en la Universidad Autónoma de Madrid. Del diario español Público, especial para Página/12.

Fuente: Página 12

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